ALERTA. A propósito de Tovar: ¿Puede el arte ser solo divertimento?

Ahora, que ha muerto uno de los más importantes artistas surrealistas del mundo, el dominicano Iván Tovar, vienen a mi mente algunas preguntas: ¿El arte debe comunicar ideas? ¿Estar alineado a una ideología? ¿Contener un mensaje? ¿O solo estremecer nuestras fibras de angustia, alegría, etc.? ¿Ser solo divertimento para jugar y solazarnos?

En los años ’70, las hubiésemos respondido con radicalismos marxistas que hoy hemos tenido al dicha de saber que estaban equivocados. Que eran producto de una interpretación maniqueísta del rico pensamiento de Marx, Engels, Lukács, Gramsci y pensadores materialistas dialécticos.

Eran también consecuencia del tiempo que vivíamos, pues el pensamiento de todo hombre o mujer está condicionado por la época que vive. De tal modo que aquello visto como hecho incontrovertible luego comprobamos que era un error. De ahí que sea tan importante la meditación, que nos enseña (sin dejar de tener una ideología y un pensamiento y unas interpretaciones de la realidad) a observar y examinar toda idea, sentimiento o hecho desde fuera de ellos, libres del compromiso fanático que cierra la posibilidad de que juicios contrarios a los nuestros sean total o parcialmente correctos.

SUPERACIÓN DEL MUNDO  POLÍTICAMENTE BIPOLAR

Eso tiempos marxistas nuestros eran de juventud, y de una época conflictiva en que el mundo estaba dividido en dos grandes polos ante los cuales era muy difícil una posición intermedia, razonable, comedida, en cierto modo de sereno equilibrio. Eran del ardor de las luchas políticas en la llamada Guerra Fría, por cierto muy caliente.

Si nos hablaban de un arte que no estaba comprometido con ideas políticas, sin banderas, sin comunicar ideología, nos hubiésemos reído del mismo, o en el más apasionado de los casos cargar armas verbales o físicas y dispararle. Pero el paso del tiempo nos permite transformarnos, conocer otras aristas del mundo, y darnos cuenta de que debíamos revisar algunas convicciones y caer en la cuenta de que más adelante vive gente, que no solo del pan ideológico vive el hombre, sino también de otros divertidos mendrugos.

Cambiamos nuestras posiciones sobre la relación arte-ideología, llevados por la diversidad de lectura, ricas discusiones con quienes postulaban otras opiniones filosóficas o científicas. También por la apertura de nuestro pensamiento, siempre dispuesto a modificar ideas, cuestionar las propias convicciones.

KANDINSKY Y PICASSO  SALVAN  A MIRÓ Y TOVAR

Ahora recuerdo lo que me ocurrió con Miró. Al ver por primera vez sus dibujos confieso que me parecieron garabatos sin sentido, revoltillos de una imaginación que no buscaba más que poner en el lienzo lo que iba pasándole por su cabeza, sin ton ni son. Pero reflexioné, investigué, me acordé de Kadinsky, del pop art, y di marcha atrás a esa idea. Descubrí entonces lo virtuoso y rico de aquellos coloridos trazos donde infante y adulto se cruzan en un juego que nos lleva a un paraíso desconocido para el artista común y el espectador neófito.

Recordé también la frase de Picasso: “Me tomó cuatro años pintar como Rafael, pero me llevó toda una vida aprender a dibujar como un niño”.

TOVAR O LA VALIDEZ DE QUE EL ARTE SEA SOLO UN JUEGO

Leyendo a los críticos de arte que han escrito sobre la obra de Tovar y Miró, (este último, obviamente influenciado por el primero) encontramos que algunos de ellos, empecinados en asimilarla a las razones por las que elogian la de otros artistas, se ponen a buscar preocupaciones psicológicas, mensajes subliminales. Cosas que posiblemente no estén en esos cuartos tridimensionales en los que sitúa Tovar sus obras, que parecen perfectísimas esculturas abstractas extraídas de una mente calenturienta, tal vez avivada por el alcohol o consecuencias de efluvios oníricos de una psiquis que se deja llevar por la fantasía de alucinaciones que el ojo creativo hace ciertas en el lienzo.

Esos criticables críticos inventan: que si reflejan tal o cual situación personal del autor, que si ironiza tal o cual fenómeno social que el artista vivió para hacer esas extrañas imágenes, esas misteriosas figuras.

En el caso de Miró, ante sus rayones pseudoinfantiles, divertimentos visuales en aparente desorden, esos críticos siguen su camino de ajustarlos a unos criterios suyos, a meterlos en unos cajones conceptuales propios, en los cuales deben entrar o no son arte. Esos cajones teóricos que empañan sus vistas los hacen ver problemas o virtudes de su época de niño, o un interés en el artista de burlarse de este o aquel fenómeno social, educativo, psicológico, etc.

El próximo domingo, continuaremos este entretenido tema de Tovar-Surrealismo-Juego.