De las puertas hacia adentro

La pandemia del Covid-19 trajo importantes cambios en nuestro estilo de vida. Tantos y tan bruscos que no nos dieron casi tiempo para organizarnos. De un día para otro, tuvimos que convertir el comedor en la oficina, la sala en un aula virtual y la cocina en un campo de batalla.

De puertas hacia adentro la dinámica familiar cambió. Teníamos que cuidarnos hasta de nosotros mismos y planificar al dedillo las pocas salidas que la necesidad nos permitía.

Pregunté a mis amistades en cuáles aspectos les había cambiado más la vida esta cuarentena. A casi 90 días de un estado de emergencia normalizado, mis amigos compartieron situaciones jocosas, pero otras nos pusieron a pensar muy seriamente. Veamos algunos ejemplos.

El milagro de la loza en el fregadero. No hay lógica que pueda explicar el fenómeno de la multiplicación de los vasos que desbarató espaldas y provocó más de un conflicto. Lo bueno del Covid es que la típica separación de roles desapareció y ya la cocina no era de “nadie”, sino de todos.

Ya (casi) no hay rubias. Los salones de belleza cerraron. Pasado el shock inicial, las mujeres comenzamos a buscar alternativas, pero en lo que el blower milagroso llegaba, las canas afloraron, los tintes se salieron, las uñas se maltrataron y de las cejas no voy a opinar. Algunos hombres terminaron pareciendo leones en la selva. Al no tener que maquillarnos, la piel se puso más tersa y sin tanto que aparentar, algunas parejas se descubrieron y se aceptaron sin complejos.

El super: la nueva pesadilla. El Covid nos quitó de un plumazo la mala costumbre que teníamos de ir a “completar”. Una ida al super implicaba más preparativos que un viaje espacial: mangas largas, zapatos cerrados, mascarillas, guantes, filas interminables para entrar y para pagar y cuando finalmente llegabas a la casa, pasabas dos horas más desinfectando cada divina cosa para darte cuenta de que se te olvidaron los tomates.

¡Te amamos, profe! Quizás el mayor reto para los padres fue el tener que asumir las clases en casa. La experiencia fue buena y mala, según me cuentan. Por un lado, les permitió pasar más tiempo con sus hijos y aprender juntos, pero por otro, no todos estaban preparados para la cantidad de trabajo, horas y paciencia que esa nueva tarea exigía. La situación se complicaba si tu celular era el nuevo pizarrón, si se acababa el internet o si no sabes una sola palabra de francés.

El gancho del teletrabajo. Todos fantaseamos con trabajar desde la casa, hasta que te das cuenta de que el trabajo no termina, que el jefe sabe que no puedes salir y que no es fácil desconectarse de la computadora. Si a las horas de trabajo regular le sumas que hay que cocinar, dar clases, corregir tareas, y limpiar todo el sucio que encuentras cuando estás en la casa, es para dejar el claro.

Creo que todos quedamos de acuerdo que la ayuda en casa, esa señora que deja a sus hijos para cuidar los tuyos, es invaluable.

Pero fuera de las cosas que mirando dos meses atrás ya no pesan tanto, hay otras lecciones que nos deja el Covid que ojalá tardemos un poco más en olvidar.

Descubrimos que no es que no teníamos tiempo, es que no sabíamos administrarlo. Que podemos ser felices con menos cosas y que la necesidad del momento nos hizo aprender o descubrir nuevas destrezas. Los chicos aprendieron que los roles no tienen género.

Aprendimos que la vida es un regalo y que la salud es el más preciado de todos. Miles de personas perdieron seres queridos en esta pandemia, muchos ni siquiera pudieron despedirse. Aprendimos a extrañar los abrazos y los besos que antes dábamos por sentado. A ser agradecidos en lo mucho y en lo poco y a quejarnos menos.

Aprendimos a apreciar los momentos en familia, a distribuir las tareas, a jugar y comer juntos, a conversar. En este tiempo se fortaleció nuestra fe y afloró la solidaridad. Compartimos con los vecinos como nunca. Cierto que extrañamos la juntadera y las salidas del fin de semana, pero descubrimos que hay alternativas igualmente placenteras. Descubrimos que somos seres más sociales que la experiencia que nos brindan las redes o las plataformas para reuniones virtuales.

Aprendimos finalmente a ser más empáticos. Esta tragedia golpeó mucho a nuestros viejitos a los que les quitaron los nietos y las visitas. Algunos están muy ancianos para entender y les dolió más. Pero también afectó profundamente las economías, los trabajos y los negocios de muchos conocidos, y personas que sufren enfermedades mentales, empeoraron. Aprendimos a no juzgar, mucho menos criticar, porque estamos a un virus de distancia y a todos nos puede pasar.

Ojalá que esta dura experiencia del Covid–19 y de la larga cuarentena que todos compartimos nos haga a la postre mejores personas. Si pudimos cambiar para bien en 90 días, hagamos que cuente.