Encuestas y Poder

“Agradezco no ser una de las ruedas del poder, sino una de las criaturas que son aplastadas por ellas” Rabindranath Tagore

Una encuesta debe ser una herramienta de investigación social cuyo propósito científico implique la aproximación rigurosa a una realidad concreta en una coyuntura específica. Sirviendo sobre todo para interpretar los saberes, sentires e intenciones de una muestra de la población que vive dentro de esa realidad espacio/temporal. Ninguna herramienta de investigación social (sea encuesta, entrevista u otras) define la realidad, o al menos no se supone que lo hagan.

Las encuestas (las auténticas) sirven como las pruebas diagnósticas médicas para delimitar con cierta precisión cual es el estado de situación del cuerpo social en relación con el objeto bajo estudio. Sea este político, económico, comunitario, religioso, emocional o deportivo. Una encuesta no debería ser un fenómeno social en sí mismo, pero en nuestro país esa no es la historia y menos en una esfera pública saturada de seudo información y seudo prestigio. Cualquier dato es dado por creíble, cualquier investigación es asumible y cualquier “encuestadora” y sus “especialistas” es elevada al pulpito mediático desde una rueda de prensa de la cual todos los medios de comunicación se hacen eco acelerado. La realidad termina condicionada por el que la observa o, mejor dicho, el que observa no quiere comprender la realidad sino torcerla para beneficiar algún interés particular.

El escenario descrito se vuelve científicamente degradado y peligrosamente intoxicado si lo que esta en disputa en el espejismo republicano caribeño es el poder absoluto sobre los recursos públicos. La lucha por el poder político en la ficción dominicana es descarnada e inescrupulosa y en estas dos décadas de hegemonía neopeledeista ha sido profundamente reducida a bazar de chucherías y mercado de pulgas de muchedumbres que se transfieren como ganado al mejor postor y/o al que “amarre” mejor sus promesas y compromisos.

Las encuestas políticas dominicanas y con ellas la ciencia social del país en su conjunto, sufren de atrofia de sentido. La prioridad deja de ser comprender, documentar, interpretar, analizar y educar las audiencias a las que se les presenta el contenido empírico. Lo urgente e importante es convertir rigor en fetiche mercantil, fiabilidad en mercadeo y precisión en espectáculo. La pregunta la paga el cliente, la muestra la condiciona el proveedor, la respuesta la compran los consumidores y el cielo lo gana el más hábil.

Queda claro que el poder se alimenta de información, la información crea poder y ambas condicionan el imaginario colectivo en un cuadro de realismo mágico que sería envidia de García Márquez. El observador termina siendo el observado y condicionado y viceversa. Al final todos somos Jim Carrey en su magistral actuación en “El Show de Truman” (Peter Weir, 1998), sobre todo en la frase final posterior a los créditos de producción de la película: “Sabía que todo esto era falso desde el principio, fue mi increíble actuación lo que engañó a todos”. Después de que todo pase que importa que es verdadero o falso, el poder yace en el espectáculo y en nada más. Luces, cámara, acción.