Ni ladrones ni turbas

“¡Un ladrón, un ladrón!”. Esta expresión representó durante mi niñez una alarma que se repitió no pocas veces y, por lo general, después del grito salía una turba a perseguir a quien osara robarse desde un huevo hasta la gallina que lo había puesto. Aquella escena recreaba una estampa de nuestra miseria en un macabro espectáculo: el ladrón, además de rabia y desesperación, solía tener el perfil de un hombre espeluznante, y la multitud enfurecida que se tomaba la justicia a golpes, que lo humillaba y maltrataba, en ocasiones podía llegar a matarlo.

Ante un evento como este, con desenlace fatal, unos podían pensar que solo había sido un accidente, y que todo ladrón tiene el mal que merece, en contra de aquellos que afirmaban que tal respuesta era inhumana y desproporcionada, que la violencia y la venganza nunca iban a resolver nada frente a problemas estructurales como el hambre, la pobreza y la falta de educación.

El paso de las décadas nos ha brindado mejoras y progresos, pero no todo ha sido positivo. Por un lado pasamos de transportarnos en burro hasta llegar a la Luna en una nave espacial, pero por otro el estigma negativo que antes tenía el ladrón en la sociedad, hoy en día parece haberse transformado. De forma inexplicable, hubo quienes llegaron a la abrumadora conclusión de que las habilidades de aquel viejo ladrón callejero podían sofisticarse y resultar “más rentables” que las de un trabajador honrado, las de un profesional honorable o las de un graduado con ética y aplomo, sobre todo si le podía poner la mano al erario.

Las noticias del mundo actual muestran cómo muchos, vestidos de saco y corbata, mediante maniobras ingeniosas, ponen en marcha sus estrategias, maquinarias y “prácticas sutiles” para estafar y llevarle agua a su molino personal. Tremenda idea les dio el ladrón callejero a los intelectuales: la acción de robar en estas esferas se acompaña ahora de unas tramas y argucias tan complejas que hace que robar sea en estos tiempos un arte y no una vergüenza.

Llámenme viejo si quieren, pero más sabe el diablo por viejo que por diablo. ¿Por qué razón pudo Odebrecht lograr lo que logró en América Latina? ¿Por qué existen los Panamá Papers? ¿Por qué es común en todo el continente que existan estafas, que legitimen capitales, y que personajes de la alta clase política y empresarial terminen involucrados en estos hechos?

El ladrón de hoy se deleita trazando planes y definiendo pautas para evadir las consecuencias de sus crímenes, se dedica a armar escuelas, a mantener y fortalecer la cultura de la estafa para permear todas las instancias de cualquier escenario donde se instale. Ahí se exhibe el poder que da el dinero robado, pero es como la tos, que no se puede ocultar. Es tanto el descaro de estas prácticas que no nos queda más que reírnos de nosotros mismos para, de alguna manera, llamar la atención mediante chistes populares y sarcásticos. La gente, en general, nota que estos hechos aberrantes se ven respaldados por la inacción de aquellos que están supuestos a perseguirlos.

En un proceso como el que estamos próximos a vivir el próximo domingo, algún ladrón fatuo, seducido, motivado, impulsado y orientado por otros de su misma índole, puede llegar a postularse y estar en la lista de elegibles a un cargo público, un hombre que se sirve de esta oportunidad como quien asiste a un suculento banquete, donde podrá comprar conciencias, votos y todo lo necesario para mantener blindado su engranaje corrupto. No es que a todos los dirigentes les sobre dignidad, por eso mismo es importante recordar que las instituciones de nuestra Nación deberían ser sagradas.

En República Dominicana son muchos los años en que nos han tenido en jaque con el veneno de la corrupción, siempre con los mismos conjuros y estructuras. No se entiende por qué la evidencia delincuencial tiene impunidad ante los ojos de las autoridades. Se va uno y el modelo del próximo, en vez de extirpar ese cáncer, solo logra empeorarlo. ¿Con qué vías efectivas cuenta el país para exigir transparencia y pedirles rendición de cuentas a sus gobernantes? Para que justifiquen peso a peso sus ingresos y su patrimonio al concluir su gestión.

Los gobernantes y quienes aspiran a hacerlo deberían tener en cuenta que el pueblo, y cuando digo pueblo me refiero a las comunidades y sectores de la población que viven ignorados casi por completo, está hastiado de pasar hambre y penurias a causa de engaños, deberían saber que ese pueblo no aguanta más y que algún día puede despertar como la turba enfurecida que perseguía al ladrón del huevo o de la gallina en el pasado. Ojalá que lo haga en paz y antes de que ocurra ningún robo, que ese despertar se exprese como un reclamo vehemente y contundente en forma de votos. Ojalá que no se vulnere ningún derecho.

La fiesta democrática del 5 de julio es otra nueva oportunidad de elegir con conciencia, la realidad de este país clama prudencia y razonamiento al momento de votar. Para beneficio de la población, son tiempos con mayor acceso a las comunicaciones. En manos de las nuevas generaciones y las nuestras está el poder para reclamar derechos que se sustenten en la inclusión social, la educación, el respeto por los derechos y libertades, para evitar el letargo y la insensatez que suele caracterizar muchas de nuestras elecciones. Hay que aprovechar la oportunidad de luchar y enfrentar a las maquinarias populistas que solo quieren carcomer a nuestro pueblo. Actuemos ahora para que ese cáncer de la corrupción no termine de hacer metástasis.

Las sacudidas y remezones que se han dado y se han visto por escándalos en el mundo, están generando una conciencia que nos puede llevar a lograr los cambios que necesitamos con urgencia. Es evidente la energía y valentía de este nuevo y emotivo movimiento anticorrupción no partidista, de jóvenes envalentonados por su derecho como dominicanos. Sus frutos ya se han visto, han logrado aunar el clamor popular y el despertar de la gente que ha dicho “¡basta ya!”.

Aspiro a que cuando la voluntad consciente de un pueblo despierto nos permita celebrar, no convirtamos ese festejo en un triunfo vacío, sino que sepamos valorar la oportunidad de exhibir dignidad.

A todos aquellos que ganen, les pido que representen no solo a quienes los eligieron, sino a toda la ciudadanía, y que lo hagan con el corazón, que trabajen con honestidad y con la bandera de la humildad por delante. Los elegidos deben estar conscientes de todo el daño que le ha hecho la corrupción a nuestro pueblo y al mundo, y espero que tengan la moral suficiente para comprender la dimensión que alcanzan sus actos en desempeño de los cargos que asumen.

Ojalá que el día de la toma de posesión rindamos honor a una nueva forma de ver la vida, con la decencia y el respeto que nos merecemos. ¿Por qué tiene que ser de tontos creer que existen las buenas intenciones en la política? En el futuro deberíamos poder darle gracias a Dios porque los elegidos han sabido servir y no servirse. Yo creo en la evolución de la conciencia de los hombres. Ya no más ladrones ni turbas, ese sería un regalo maravilloso.

Son los deseos y el sentir no de un político, sino de este músico que ama su tierra y se llama Wilfrido Vargas.